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PARTE III
Problemática Infraestructura-Superestructura
Por
Cristian Gillen
Otra línea de pensamiento que estudia la relación
infraestructura-superestructura y el Estado es la denominada
escuela de la "lógica del capital", que se desarrolla
principalmente en Berlín Occidental en los 1960s y después se
extiende a distintos países de Europa, adquiriendo en cada uno
de ellos especifidades, pero dentro de una perspectiva general
similar. Esta escuela emerge fundamentalmente con el fin de
cuestionar y superar la manera que estaba abordando esta
temática el marxismo ortodoxo. Esta escuela trata de explicitar
las relaciones entre lo económico y lo político, así como las
características del Estado, utilizando categorías empleadas por
Marx en el Capital, sobre todo en base a la ley del valor y la
referente a la caída tendencial de la tasa de ganancia.
Comenzaremos analizando la manera en que esta
línea de pensamiento visualiza la producción, ya que para la
escuela de la "lógica del capital" es a través del proceso de
producción inmediato y del carácter dual del trabajo que se
puede explicar la autonomía relativa del Estado con respecto a
la economía y las funciones que el Estado realiza.
El proceso de producción inmediato, concebido por
esta escuela como la unidad del proceso de trabajo y de
valorización, crearía las condiciones necesarias para garantizar
la extracción de la plus-valía y la acumulación que estarían
fuera de lo económico. Cuando se interrumpe la reproducción
ampliada, se agudizaría la contradicción entre las fuerzas
productivas y las relaciones sociales y también se
intensificaría la lucha de clases. En condiciones "normales",
habría una correlación entre las fuerzas productivas y las
relaciones sociales y la lucha de clases se mantendría sólo en
forma latente.
Para esta escuela, y especialmente para Hirsch,
la ley del valor que norma la reproducción ampliada del proceso
de producción inmediato, se realizaría a través de mediaciones
políticas. Esto por cuanto la ley del valor tendería a la
distribución social del trabajo e impondría las
proporcionalidades entre las distintas esferas en que opera la
producción. En este proceso de contradicciones entre el capital
y el trabajo y de conflictos en el seno del capital, la
intervención del Estado devendría un momento en la
implementación de la ley del valor. Además, la participación
política a través del Estado se requeriría en el cambio
permanente que se da en el proceso de trabajo debido a las
modificaciones que se generan en las relaciones entre el trabajo
objetivado y el trabajo vivo, que es lo que contribuye en gran
medida a la baja tendencial de la tasa de ganancia. El Estado
interviene sobre todo para construir una contra-tendencia a esta
tendencia.
La regulación estatal del proceso de acumulación
capitalista, regido por la ley del valor, sería sólo una forma
mediante la cual el capital podría superar temporalmente las
barreras a su valorización que requiere, aparte de otras medidas
de carácter económico, también de índole ideológico y
coercitivo.
La escuela de la "lógica del capital", por lo
general, no ve el aparato del Estado como una estructura
cerrada, sino que como una realidad abierta y heterogénea. Sin
embargo, éste tendería a actuar de forma cerrada en momentos de
crisis cuando su núcleo represivo (policía, ejército, aparato
judicial) debe reprimir con cierta fuerza a los trabajadores.
Ahora bien, en términos generales, la estructura del Estado se
fragmentaría por la doble contradicción a que se encuentra
sometido en el capitalismo, sobre todo en su fase monopólica
como consecuencia de la competencia entre los capitales
individuales, y al intentar asegurar la dominación política de
la clase burguesa.
Uno de los aportes importantes de la escuela de
la "Lógica del Capital", es que ha contribuido en la crítica del
argumento reformista de que el Estado puede ser utilizado para
superar las contradicciones básicas del sistema capitalista, lo
cual posibilitaría, tomar el Estado mediante elecciones, para
luego manipular exitosamente a éste para garantizar la
transición al socialismo.
Cabe señalar sin embargo, que esta línea de
pensamiento presenta ciertas limitaciones que es importante
indicar. La más saltante es la que plantean Holloway y
Picciotto, que fueron los que propiciaron un gran debate entre
distintos representantes en Alemania de la escuela de la "lógica
del capital". Estos señalan que muchos exponentes de esta
escuela ponen un sobre énfasis en las leyes que rigen la lógica
de reproducción del capital, sin darle la importancia debido al
papel de las contradicciones capital-trabajo, lo que no permite
nutrir a la lógica del capital de contenido y realidad histórica.
Con el fin de tratar de superar la crítica
anterior, algunos representantes de la escuela de la "Lógica del
Capital" han intentado de involucrar como un aspecto interno, y
no sólo externo, a la lucha de clases en el estudio del Estado y
su relación con el proceso de acumulación. En ese sentido
insisten en que el Estado capitalista sólo podrá ser entendido
en toda su complejidad en el marco de las contradicciones
sociales entre los agentes que participan directamente en el
proceso de trabajo y de valorización.
La teoría de la regulación, que tiene sus
orígenes en Francia y cuyos representantes más conocidos son
Aglietta, Lipietz y Boyer
han adoptado en gran medida el enfoque de la escuela de la
"lógica del capital", pero, a diferencia de ésta, no suponen una
lógica única y universal del capital. Consideran que las varias
formas que adopta la acumulación del capital está mediada en el
tiempo a través de instituciones, normas sociales, entre otros.
Le otorgan gran importancia a lo contingente, la "regulación"
socio-económica del proceso de acumulación, pero también a la
incidencia en la reproducción de las leyes y tendencias. En este
conflicto, han explorado distintos regimenes de acumulación y
sus respectivos modos de regulación. Para los regulacionistas,
la diferencia entre base y superestructura o Estado y sociedad
civil serían esencialmente analíticos.
Bob Jessop trata, en base a los legados de
Gramsci y Poulantzas, de profundizar y hacer más concretos los
planteamientos de éstos con relación a la vinculación entre lo
político y económico en base principalmente a complementar la
concepción generalmente abstracta de hegemonía, con la de
proyectos hegemónicos. Para lograr lo anterior, realiza un
análisis detallado del proceso de producción inmediato, y trata
de precisar el curso de la reproducción mediante el
establecimiento de lo que denomina la estrategia de acumulación.
Jessop, al igual que Gramsci y Poulantzas, no ve
las relaciones de producción como solamente económicas, sino que
también considera que existen en ella momentos políticos e
ideológicos. Por otro lado, a diferencia sobre todo de
Poulantzas, visualiza el proceso de trabajo, no sólo como una
actividad técnica, sino socio-técnica, lo cual evita que Jessop
tenga una percepción de total neutralidad de este proceso, como
si se tratara sólo de una actividad técnica destinada a
apropiarse de la naturaleza mediante un sistema de fuerzas
productivas. En su análisis del proceso de trabajo, Jessop,
aparte de no verlo sólo como una actividad técnica, le otorga
importancia a las funciones de supervisión que se ejercen sobre
los trabajadores y a la división entre el trabajo manual y
mental.
En el estudio de la reproducción, es decir la
acumulación, le da gran relevancia a la forma valor,
y en el marco estructural determinado por ella, analiza el
balance de fuerzas de las clases que se da en el proceso de
acumulación que determina en gran medida su curso de evolución.
En el proceso global de acumulación, Jessop le otorga un papel
determinante al capital industrial.
La reproducción de la forma-valor dependería, de
acuerdo a Jessop, de ciertas condiciones externas que proveen el
marco en que la ley del valor operaría. Esto incluye el sistema
legal, el monetario, entre otros. También habría que garantizar
infraestructura, energía, investigación y desarrollo, etc. Como
se puede ver, la forma-valor estaría sujeta a formas de no-valor
que incidirían en el ritmo de acumulación, y crearía las
condiciones estructurales para la existencia de una instancia
política distinta de la económica.
Para Jessop, si se quiere tener una concepción
más concreta de los patrones de acumulación y sus variaciones,
uno no podría basarse solamente en "leyes económicas generales".
Se requería para ese fin, desarrollar conceptos estratégicos
teóricos que puedan establecer vínculos entre la forma-valor y
las modalidades concretas de lucha entre el capital y el trabajo
que se dan en el tiempo y el espacio. La estrategia de
acumulación definiría un "modelo de crecimiento" con sus
distintas precondiciones extra-económicas, así como plantearía
la estrategia apropiada para su realización. El éxito de la
estrategia estaría sujeta a lograr que los distintos momentos
del circuito de capital lograrán unificarse bajo la hegemonía de
una fracción.
La hegemonía económica se alcanzaría mediante la integración del
circuito, pero también logrando la expansión del capital
industrial, aunque una fracción no industrial sea la dominante.
Jessop, en el proceso de concretización de su análisis sobre la
acumulación complementa las estrategias de acumulación con los
proyectos hegemónicos, muchas veces sobreponiéndolos y haciendo
que se condicionen mutuamente. Mientras que las estrategias de
acumulación están orientadas a la expansión económica, los
proyectos hegemónicos van dirigidos a objetivos principalmente
no-económicos, a lo "nacional-popular", y no simplemente a las
relaciones de clase.
De acuerdo a Jessop, en la relación entre lo
económico y lo político, el primero no es determinante ni en
primera, ni en última instancia, distanciándose de esa manera
del marxismo ortodoxo que postula a que lo político es un simple
reflejo de lo económico, y de Poulantzas que sólo determinaría
lo político en última instancia, como ya lo vimos anteriormente.
Además, postula a que la vinculación económico-político sería de
carácter contingente y no estructural, por lo tanto debería ser
visto como resultado de prácticas económicas, políticas y
ideológicas específicas. Ahora, para que lo económico y político
adquieran una coherencia de carácter sustantivo, se requeriría
de estrategias concretas.
Jessop plantea que habría que alejarse de toda la
problemática desarrollada por el pensamiento marxista destinado
a elucidar si lo económico determina lo político o viceversa,
así como establecer la autonomía relativa entre ellos. Más bien,
el énfasis en los análisis debería orientarse a la forma en que
se daría el acoplaje estructural y coordinación estratégica. El
concepto de acoplaje estructural se refiere a la articulación
sustantiva y formal de las distintas estructuras, tratadas como
autónomas. En cuanto al concepto de coordinación estratégica,
está orientado a la dimensión estratégica del punto de vista de
las fuerzas sociales específicas.
Dentro de la concepción teórica de Jessop, que hemos tratado de
delinear, se le otorga un peso similar a las dimensiones
económicas, políticas e ideológicas.
Jessop, con el fin de precisar mejorar las
relaciones entre lo económico, político e ideológico, que sería
una vinculación entre iguales, y de carácter contingente, ha
tratado de superar la tendencia de Gramsci de limitar la
hegemonía a un consenso básicamente estático. Para ello, como ya
se dijo, ha empleado el concepto de proyectos hegemónicos. La
hegemonía selecciona y se da en terrenos estratégicos, en los
cuales se deberían desarrollar los proyectos hegemónicos para
concretizar la hegemonía y no sólo dejarla en un nivel
abstracto.
Jessop analiza el Estado, partiendo de la
forma-valor, pero complementa su estudio con el análisis de la
lucha de clases y la competencia de capitales, como si la
forma-valor no fuera expresión del desarrollo contradictorio de
las relaciones sociales entre el capital y el trabajo, y también
de la disputa que se genera entre los capitales individuales.
Pareciera que visualiza estos aspectos como factores disociados,
pero complementarios.
En el marco de su análisis de Estado, explora
particularmente las formas de: representación, intervención y
articulación. Las formas de representación política le darían
forma a los intereses del capital que se dan en una determinada
estrategia de acumulación, los cuales son articulados por la
"selectividad estructural" inmersos en las formas antes
señaladas.
Las características estructurales más relevantes del
Estado-nación, de acuerdo a Jessop, serían: su separación
institucional del núcleo de la producción capitalista; su papel
como monopolio institucionalizado sobre los medios de coerción;
su rol en cuanto a los impuestos y el dinero; así como con
relación a la ley y la burocracia.
Como se podrá apreciar, Jessop no logra superar
el estructural funcionalismo que hereda de Poulantzas, lo cual
lo conduce a pensar que el Estado sería un medio para resolver
las contradicciones de la acumulación capitalista. El Estado no
puede situarse por encima de las relaciones de valor, por la
simple razón de que el Estado está inmerso en dichas relaciones
como un momento de las contradicciones sociales en el proceso de
acumulación.
Negri y Hardt vienen haciendo un conjunto de
planteamientos sobre la producción, la relación entre lo
económico y político, y del Estado desde una perspectiva
postmoderna, pero a diferencia de las distintas escuelas
postmodernas, no destruyen al sujeto, y aceptan la existencia de
contradicciones sociales dentro del capitalismo actual, que
conducirían al cambio, donde la multitud articulada por la
producción bio-política de lo común, fundamentalmente de
conocimientos comunes propiciados por el trabajo inmaterial,
sería lo que guiaría el accionar del nuevo sujeto que es la
multitud a escala mundial.
Negri y Hardt, en su estudio de la producción, se
centran fundamentalmente en el análisis del proceso de trabajo.
Esto se debe al énfasis que le otorgan al trabajo de nuevo tipo
que se está imponiendo dentro de las nuevas formas post-modernas
de producción, así como a su posición teórica, a veces
contradictoria, y en otra, sumamente abstracta con respecto al
valor. Lo anterior, por cuanto en ciertos momentos tendieron a
negar la vigencia del valor y en otros, como veremos
posteriormente, lo vinculan a la producción por el trabajo de lo
común.
Negri percibe el proceso de trabajo como una red
(network) de relaciones promovidas por el trabajo inmaterial,
que se habría constituido en la fuerza productiva principal en
las nuevas formas de producción. Como se podrá notar, visualiza
el trabajo inmaterial como fuerza productiva, y no como
expresión de una relación social, es por ello, como ya se señaló
anteriormente, considera a las nuevas tecnologías de la
comunicación el elemento dinamizador central del capitalismo
postmoderno, y no a las formas de organización flexibles que han
emergido que posibilitan maneras nuevas de relaciones
capitalistas entre el capital y el trabajo, y en concreto en el
proceso de trabajo, entre el trabajo pasado y el trabajo
presente, que crea las condiciones para el desarrollo de las
tecnologías de la comunicación de nuevo tipo. Como muestra de lo
señalado, son los resultados totalmente diferentes que se
obtienen con la utilización de las nuevas tecnologías en
empresas que están organizadas bajo los principios de la
producción en masa, y aquellas que propician formas flexibles de
organización en base a células de producción donde se quiebran
las rigideces de la división el trabajo tayloriano mediante la
rotación entre los trabajadores que constituyen un grupo
celular, así como por el trabajo colectivo y no fragmentado que
este tipo de organización grupal demanda. En las empresas
taylorizadas, la introducción de estas nuevas tecnologías de la
comunicación, por lo general no aumentaron la productividad de
la empresa, y muchas veces más bien, la hicieron decrecer. En
las empresas flexibles, los resultados, como producto de la
introducción de las nuevas tecnologías, son más bien opuestos,
aumentando significativamente la eficiencia de éstas.
El nuevo tipo de trabajo inmaterial, que sería
resultado, según Negri y Hardt, de las nuevas tecnologías de las
comunicaciones, se caracterizaría por el hecho que los productos
que generan son básicamente sociales y comunes. Producirán las
comunicaciones, los conocimientos en aposición a la fabricación
de carros y otra producción material concreta, que marcaron a la
modalidad de la producción en masa. Estos productos serían el
reflejo de lo que los trabajadores tendrían en común, sobre todo
el trabajador de nuevo tipo que denominan "trabajador social", y
a un nivel más general "la multitud".
Negri y Hardt plantean que, debido a la hegemonía
que ejerce el trabajo inmaterial dentro de los procesos de
trabajo convertidos en verdaderos "networks"; la explotación ya
no podría concebirse a través de la extracción de plusvalía
medida por el tiempo de trabajo no pagado, ya sea individual o
colectivo, sino que sobre todo, por la captura del valor que
sería producido por el trabajo cooperativo que promueven las
tecnologías de la comunicación, y que, debido a ella, tendería a
circular en el seno de las redes sociales, convirtiéndose en lo
común.
Para estos autores, las nuevas formas que adopta
el proceso de trabajo y la operación del valor, como
consecuencia del papel dominante del trabajo inmaterial, es que
se habrían creado las condiciones para que el trabajo vivo pueda
organizarse independientemente del capital y "en este
sentido, la función progresista del capital ha llegado a su fin".
Como ya se dijo anteriormente, es una visión muy optimista,
producto de su concepción de la producción, cuya dinámica se
sustenta en las fuerzas productivas, especialmente las
tecnologías de la comunicación, y en visualizar al trabajo
inmaterial como fuerza productiva que puede disociarse como
factor de producción del capital.
Como las concepciones de la producción en Negri y
Hardt se sustentan principalmente en las características que
adquiere el trabajo visto como fuerza productiva, el Estado y su
organización debería tender a responder a la necesidad de
construir un determinado ordenamiento de la reproducción social
basado en el trabajo. La forma del Estado y su legislación se
transformarían a medida que se modificaría la naturaleza del
trabajo.
La producción de lo común por el trabajo
inmaterial haría desaparecer las fronteras entre lo económico y
lo político. Negri y Hardt postulan por romper todo tipo de
separaciones entre lo económico, político, jurídico y social.
Pero todo lo anterior habría que conceptuarlo en el marco del
desarrollo contradictorio del capitalismo. Es por ello que el
Estado, por un lado, tendería a intervenir intensamente en la
producción económica, y por el otro, adquiría cada vez más
autonomía relativa en sus prácticas. Esto último sería la
expresión de la voluntad de continuar con el dominio capitalista.
Para estos autores, debido a las nuevas
modalidades de producción y formas de nuevo tipo de relaciones
entre lo económico y político, habría que replantear la manera
de concebir el Estado. Para ello, se tendría que tomar en cuenta
que este se estaría convirtiendo en el "ideal del capitalismo
colectivo", y la estrategia para su transformación debería nacer
de la unificación tendencial entre la teoría de la estructura
del Estado, la teoría de las crisis, y la teoría de clase, una
articulación que debería ser continuamente replanteada a los
distintos niveles de la composición política de la clase
trabajadora.
Finalizaremos esta parte del estudio crítico de
la problemática infraestructura-superestructura y del Estado con
un análisis a nivel más concreto de cómo se dio esta
problemática durante el colonialismo en América Latina y como
ello ha incidido en su evolución ulterior. Se puede plantear
que, en términos generales, los países coloniales en América
Latina, eran formaciones sociales no consolidadas en que
coexistían diversas modalidades de producción económica,
política y cultural, las cuales se combinaban en una cierta
relación jerárquica. Lo que sí se puede precisar, es que la
modalidad de producción "anterior" no fue disuelta por parte del
capital comercial, impulsado por las metrópolis, hasta por lo
menos el segundo cuarto del siglo diecinueve.
En América Latina, existieron regiones en que se
concentró la población indígena (México, Perú, Bolivia,
Guatemala), donde por lo general, los productores nativos
directos no fueron despojados de manera inmediata de sus medios
de producción (comunidades indígenas),
pero si se utilizó la coerción extraeconómica para maximizar la
extracción del excedente en las varias actividades de prestación
de servicios que realizaban. En las zonas mineras, se
desarrollaron formas de trabajo forzado que no pueden ser
consideradas como tendientes a la formación de un proletariado
capitalista.
En las plantaciones antillanas, se lleva a cabo
la producción empleando formas de trabajo esclavistas. Sin
embargo, hay que señalar que en las pampas de Argentina, Uruguay
y otras zonas similares, donde prácticamente no habían existido
poblaciones indígenas previas, o donde su existencia era escasa
y rápidamente eliminada, la producción asumió formas
capitalistas desde su inicio. En América del Norte, se
constituyó una economía diversificada de pequeños propietarios,
la cual evolucionó hacia la industrialización y un capitalismo
"metropolitano" no periférico.
Existieron formas diversas de síntesis entre
modalidades de producción precolombinas y las europeas, de las
cuales emergieron nuevas estructuraciones. En términos
generales, la modalidad de producción dominante que se orientó
principalmente al mercado mundial, no fue incompatible con las
no capitalistas, sino que en muchos casos, fueron intensificadas
para poner el excedente bajo la lógica de la plusvalía con el
fin de maximizar la masa y tasa de ganancia.
Se puede resumir señalando que el hecho colonial
creó una estructura productiva deformada, es decir no coherente,
con una hipertrofia de ciertos sectores de la producción ligados
a la exportación, que eran promovidos y apoyados por la
metrópolis, y que también eran el centro de la vida colonial,
los cuales cohabitaban con actividades económicas ligadas al
abastecimiento del mercado colonial. Estos últimos, si no
competían con las producciones coloniales, las dejaban operar
pero de manera desarticulada. Aquellos que competían con las
importaciones de la metrópolis eran prohibidos. Como se podrá
notar, la situación actual no es muy diferente a la colonial, y
se quiere seguir manteniendo e intensificando con nuevos
tratados denominados de libre comercio, que en el fondo, son
acuerdos que superan el ámbito económico, involucrando lo
político y cultural. Son verdaderos tratados de dominación
imperial, que son avalados por la burguesía interna orientada a
la exportación primaria y de sectores donde las diferencias en
salarios entre el centro y la periferia compensan a las de los
niveles de productividad como textiles, por poner un ejemplo.
En las formaciones coloniales, las relaciones
entre lo económico, político y cultural, se diferenciaban
marcadamente de las que se daban en las metrópolis, por cuanto
eran subordinadas a la lógica que imponían las formaciones
sociales centrales. El Estado metropolitano ejercía su
dominación a través del aparato burocrático periférico y el
capital comercial, bancario y los sectores productivos, que
estaban bajo su control directo. El poder político y económico
de la metrópolis, en alianza táctica y/o estratégica con la
clase dominante periférica o fracciones de ésta, determinaban
las formas de intervención del Estado colonial en la economía
para promover las exportaciones al mercado mundial, regular la
producción y el comercio, beneficiando las actividades
económicas desarrolladas por la madre patria, así como a ciertos
grupos internos, en detrimento de otros, también privilegiando
ciertas regiones o ciudades, y imponiendo tributos a la mano de
obra, así como estableciendo otras cargas tributarias. Pero el
Estado no se limitaba sólo a impulsar medidas políticas y
económicas, sino que le brindaba gran importancia al aspecto
cultural. El Estado colonial fomentaba activamente la estrategia
de dominación cultural a través de un sistema educativo que
fomentara sus valores, así como instituciones religiosas que le
permitieran ejercer su dominación ideológica.
A través de la cultura, la metrópolis, logró
sedimentar formas culturales, significados y valores que
denigraban al nativo, legitimando el tratamiento infrahumano a
este, lo que justificó su sobreexplotación, situación que
persiste. Lo que ha cambiado principalmente, ha sido la
metrópolis que domina, y la clase dominante que ejerce la
hegemonía que es una simbiosis de la burguesía del centro que se
alía, pero de manera jerarquizada, con una burguesía interna que
ha perdido o nunca ha tenido un carácter nacional. Muestra de
ello es que todo planteamiento que hacen para supuestamente
desarrollar un determinado país o región, lo hacen depender del
capital foráneo bajo sus distintas formas. Esta burguesía
interna dependiente se contenta con el papel secundario que la
burguesía central le asigna. Es por ello que no hay
posibilidades de un capitalismo nacional en la periferia, capaz
de mejorar las condiciones de vida de la población.
La dominación externa y la subordinación de las
clases dominantes internas no ha posibilitado la construcción
social de un estado que responda a las verdaderas necesidades
internas de la mayor parte de la población, tanto económicas,
políticas, y culturales. Es por eso que el aparato del Estado no
presenta coherencia, y más bien está conformado por un conjunto
fragmentado de instituciones que son en la mayoría de los casos,
burdas imitaciones de las de las formaciones centrales que
presentan relaciones sociales con características muy distintas.
En la actualidad, se viene promoviendo una
supuesta reforma del Estado que los neoliberales proponen para
la periferia, la cual no es como se pretende, tendiente a
reducir el Estado y fomentar la "desregulación", sino que, más
bien, intenta imponer otra modalidad de regulación a favor del
capital foráneo y en detrimento de la educación, la salud, y la
agricultura local. Esta reforma, lo que ha producido en la
práctica concreta es un Estado más grande, al tener que aumentar
las fuerzas de represión necesarias para reprimir a los que se
quedan sin empleo, salud y educación, y reclaman sus derechos, y
a los pobres. Además, porque deben crear instituciones para
paliar el hambre y la desocupación con fondos de la denominada
"cooperación internacional". Este tipo de entidades contribuyen
en mermar la dignidad de las personas que reciben esta caridad,
lo cual permite de esa manera alienar a las masas con el fin de
tratar de prevenir la agudización de las contradicciones
sociales.
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