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PARTE FINAL
NUEVA FORMA DE ABORDAR LA
PROBLEMÁTICA
FUERZAS PRODUCTIVAS –
RELACIONES SOCIALES
Por CRISTIAN GILLEN
En el examen
crítico del capitalismo, son las relaciones sociales las que
constituyen la categoría central de análisis, la cual se expresa
de maneras diferentes en los distintos campos que conforman la
sociedad como el económico, político y cultural. En lo económico
se exteriorizan a través de la mercancía, la forma valor, el
salario, y en la capacidad de trabajo (denominada también fuerza
de trabajo), entre otros. En lo político se manifiestan en el
Estado, las leyes, etc., mientras que en lo cultural se perciben
en la educación, por señalar un ejemplo relevante.
Lo que se
conoce comúnmente como fuerzas productivas, es decir las
maquinarias, tecnologías, ciencias aplicadas, también son
expresión de relaciones sociales pero pasadas.
Asimismo, hay formas más economicistas y deterministas de
concebir las fuerzas productivas, al considerar dentro de ellas,
no sólo los aspectos antes mencionados, sino también la división
del trabajo, que consideran técnica, así como el trabajo
presente. En casos extremos, se percibe la organización social
de una empresa como fuerza productiva, limitando las relaciones
sociales sólo a lo concerniente a la propiedad. Sin embargo,
independientemente de la amplitud que se le otorga a la
concepción de las fuerzas productivas, estas siempre siguen
siendo manifestación de las relaciones sociales.
De lo anterior
se desprende que no puede haber una contradicción
irreconciliable entre el desarrollo de las fuerzas productivas,
vistas supuestamente como neutras, y las relaciones sociales de
producción que conduciría de manera inexorable al socialismo.
Tampoco es válido ver la relación fuerzas productivas-relaciones
sociales bajo la dinámica de estas últimas como comenzó a
hacerse en los 1970s bajo la influencia del movimiento de mayo
1968, por cuanto se trata de poner en un mismo plano a las
relaciones sociales y su expresión externa, que son las fuerzas
productivas.
Las fuerzas
productivas, al ser manifestación de relaciones sociales
pasadas, no entran en un antagonismo irreconciliable con las
relaciones sociales presentes, sino más bien se produce un
proceso de adecuación recíproco entre estas. Los reacomodos
sucesivos en el tiempo, que pueden generar trastornos pasajeros
de intensidades diversas, se realizan ya sea racionalizando las
formas de organización del trabajo para variar el flujo y la
diversidad en la producción (lo que modifica la división del
trabajo), y/o mediante el diseño de la maquinaria, y/o rediseño
del equipo, y/o introduciendo nuevas tecnologías, entre otros.
En algunos casos, las relaciones sociales pasadas preceden la
dinámica del cambio, en otros las relaciones sociales presentes,
y también puede suceder que ambos procesos se den de forma
simultánea. En la última modalidad de acumulación, que se conoce
de manera formal como especialización flexible, la nueva forma
de organización de la producción denominada celular que no
presenta una división rígida entre las operaciones productivas
como el taylorismo, estuvo acompañada por la utilización de
maquinaria más flexible que la empleada en la producción en
masa, por la necesidad de hacer cambios rápidos entre series de
fabricación distintas puesto que se tenía que realizar tiradas
de producción cada vez más cortas, hasta llegar de ser posible a
la unidad.
Estados
Unidos, que fue el país que lideró la modalidad anterior, es
decir la de la producción en masa, en un inicio quiso competir
con las formas más flexibles de producción mediante la
introducción de nuevas tecnologías como la electrónica, sin
proceder a cambios significativos en la organización del trabajo
presente, lo que lo situó en un nivel de productividad más bajo
que el de Japón, que introdujo la nueva modalidad de fabricación
de manera más balanceada, al articular en forma casi simultánea
maquinaria flexible con una organización celular de las
operaciones de producción. Estados Unidos, para no perder la
competencia, debido a menores niveles de productividad, se vio
en la imperiosa necesidad de tener que adoptar la organización
del trabajo japonés, ajustándola a sus condiciones sociales y
culturales.
La penetración
del positivismo
en el pensamiento crítico que condujo al economicismo, llevó a
toda una corriente que se consideraba revolucionaria a
privilegiar las fuerzas productivas como el elemento central del
desarrollo y del cambio, sin saber, por otro lado, que esta
categoría, que logró penetrar la teoría crítica, provenía de los
economistas clásicos del capitalismo, y que al privilegiarlas,
más bien tendería a reforzar las relaciones sociales
capitalistas, que son su esencia, en lugar de debilitarlas. Por
otro lado, llevó a pensar que lo económico era lo determinante,
excluyendo todo un análisis profundo de las producciones
culturales y políticas, por cuanto eran consideradas un simple
reflejo de la infraestructura económica.
Se hace
necesario romper con la concepción estática de las relaciones
sociales, lo que posibilitará hacer un análisis centrado en las
articulaciones dinámicas entre las relaciones sociales pasadas y
presentes, y visualizar a las fuerzas productivas sólo como
expresión de estas, sin dejar de considerar la relación
dialéctica entre fenómeno y esencia que se establece entre las
dos categorías. Lo anterior lleva inexorablemente a que las
fuerzas productivas no sean vistas como neutras, sino como
teniendo el carácter de las relaciones capitalistas que las
generó en un momento dado.
Para
transformar el capitalismo, hay que revolucionar las relaciones
sociales capitalistas sustentadas en la propiedad privada y la
división entre el trabajo manual e intelectual. Esto motivaría a
que surjan maquinarias y tecnologías de nuevo tipo en el marco
de un desarrollo desigual en el tiempo.
Es
decir, ciertas maquinarias y tecnologías serán proclives a un
cambio casi inmediato, mientras que en otras las modificaciones
serán más graduales y se producirán con intensidades distintas.
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