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Evolución del Homo Faber a través de los milenios () Por Nicole Schuster Desde milenios, el hombre ha soñado
con dominar la naturaleza. La técnica del fuego ha probablemente representado por lo tanto un paso apreciable en la vida cotidiana del hombre al sacarlo de las profundas tinieblas en las cuales vivía y ofrecerle mayores posibilidades de sobrevivencia. Originariamente, el hombre arcaico trabajaba el cobre nativo. Pero el gran salto fue cuando se familiarizó con las técnicas metalúrgicas, lo cual lo elevaba prácticamente al rango de demiurgo. El descubrimiento de la aleación del cobre con el estaño inició lo que se denomina “la Edad de bronce”, que luego fue eclipsada por la del bronce. Esta transmutación de los minerales daba lugar a prácticas rituales e iniciadoras, con lo que el hombre se integraba en un proceso de reproducción cosmológica que le brindaba las respuestas en cuanto al origen del mundo. Al mismo tiempo, el mundo visto bajo una perspectiva de hierofania cósmica, que desembocaba en una visión ginecomórfica de la Tierra, hizo que, en los tiempos arcaicos, los minerales fueran considerados como embriones en el seno de la Madre-Tierra, que el minero y el metalurgista se empleaban a sacar antes del tiempo de maduración. El proceso de transmutación al cual el metalurgista los sometía en su horno, sublimación del vientre de la madre, les llevaba a la forma de perfección ideada por el hombre. Es por el hecho que el hombre intervenía inmediatamente en el ritmo temporal de la Naturaleza y que sus prácticas eran objeto de un hermetismo estricto entre los iniciados, que desde muy temprano las profesiones de la metalurgia fueron investidas de un carácter místico-religioso, percepción que perduró hasta el siglo XIX. No es entonces ninguna sorpresa que el oficio del Alquimista, el cual busca igualmente la transmutación de la materia prima, se asemeje mucho al del herrero y fundidor. Para el Alquimista, los minerales logran la perfección cuando se vuelven oro. Esta transformación la experimentan cuando son dejados a su proceso de maduración natural en el seno de la Tierra, lo que puede demorar milenios. El gran sueño del Alquimista es entonces acelerar este proceso, y hacer de la materia bruta oro, que es el metal perfecto, una sublimación de Dios. Sin embargo, la búsqueda del Alquimista no se limita a una conversión del mineral que respondería a un objetivo soteriológico de perfeccionamiento, sino que la exploración en las arcanas del mundo del fuego y de la consustancial metamorfosis de los metales le sirve para integrar su ser profundo en el proceso de transmutación, que es asimilado a la purificación, la perfección, y por ende, la inmortalidad. En otras palabras, el alcance de la Piedra filosofal. De lo anterior se colige que el Alquimista, indirectamente, ha contribuido mucho en la formación en el siglo XIX del mito de la redención del hombre a través de la tecnología y de la sociedad industrial, que lleva al homo faber a intervenir directamente en el ritmo del Tiempo, y, al extraer las sustancias telúricas bajo una lógica saqueadora, transformar todo en energía. Sin embargo, el reto parece haber sido ganado por el mismo tiempo manipulado, que el hombre ha incorporado tanto en su ritmo cotidiano que se dejó dominar por él.
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