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La guerra asimétrica
Por NICOLE SCHUSTER
En su libro “La
guerra asimétrica o la derrota del vencedor”,Jacques Baud
analiza el fenómeno de la guerra asimétrica y la define como
“una forma de conflicto donde el “débil” lleva al “fuerte” a
reaccionar de tal manera que transforme sus éxitos tácticos en
derrota estratégica”. El autor señala que ciertos analistas
diferencian entre la asimetría “positiva” y la “negativa”. La
asimetría “positiva” se caracteriza “por la explotación de
una superioridad para obtener una ventaja”, mientras que “la
negativa explota la vulnerabilidad del adversario”. Vista
desde este ángulo, esta forma de guerra no es nueva. Como lo
menciona el autor, al tratar de beneficiarse de una
superioridad en su propio campo o de una vulnerabilidad en el
campo contrario, el beligerante no hace nada más que aplicar el
principio de la “astucia” preconizado por el estratega chino,
Sun Tzu, en el siglo V antes de Cristo. En el siglo XIX, el
estratega suizo, el Barón Henri de Jomini, había percibido que
el tipo de resistencia, que se llamaría luego “guerrilla”, y
contra el cual Napoleón tuvo que lidiar cuando entró en España,
necesitaba de otra lógica para ser combatido, porque escapaba al
marco militar tradicional.
Desde un poco
más de una década, la asimetría en los conflictos es objeto de
un análisis escrupuloso por parte de los estrategas militares.
De manera más precisa, el término de asimetría en los conflictos
– que se diferencia de la disimetría
– hace su aparición en la literatura occidental en el año 1995,
dos años después de la muerte de dieciocho Rangers
norteamericanos en Mogadiscio provocada por las milicias
somalíes. Desde entonces está sujeto a adaptaciones conceptuales
por parte de las instituciones militares.
Las guerras
tradicionales tienen por marco la estructura del Estado-nación y
prevén el desencadenamiento de un conflicto dentro de un código
de conducta respectado por ambos beligerantes. Por el contrario,
la guerra asimétrica implica una oposición esencial entre ambos
campos en lo que atañe a la estrategia global. Mientras que una
parte, encarnada en Occidente, sigue la lógica de guerra
tradicional con un aparato militar y policial institucional, la
otra desarrolla una estrategia de guerra que responde a
criterios difíciles de entender para las fuerzas convencionales,
usando medios y métodos imprevisibles para el adversario. El
autor destaca como parangón de los conflictos asimétricos a los
grupos terroristas, aunque reconoce que el terrorismo no es un
adversario y una estrategia en sí sino un método de combatir.
Asimismo, el terrorismo no es reflejo de un método de accionar
con un modus operandi monolítico. Existen diferentes
tipos de terrorismo. Así tenemos al terrorismo sustentado en un
nacionalismo religioso (islamismo, sionismo) y el terrorismo
islamista con sus diferentes vocaciones política, moral,
unificadora, como el Jihad que reúne esas tres dimensiones. Baud
considera los principios de la lucha dicha de “no-violencia”,
que adoptó Gandhi contra la potencia inglesa, como una forma de
guerra asimétrica. La teoría del “foco” del Che Guevara, la
estrategia de guerrilla en zona urbana de Marighella, ETA, IRA,
Hamas, Hezbollah, todas esas tendencias encuentran su espacio de
análisis en este libro. El terrorismo de Estado es tratado,
aunque muy rápidamente, dado que sus formas de operar se
aparentan más a una relación del “fuerte al débil” que del
“débil al fuerte”.
Como lo hemos
mencionado, los conflictos asimétricos evidencian lógicas de
guerra sustancialmente diferentes. Esas son producto de
contradicciones insuperables entre ambas partes, que el
adversario convencional más fuerte a nivel cuantitativo agudiza
al querer imponerse. Este desequilibrio entre las dos
estrategias adoptadas se refleja en la estructura
de organización de
las entidades en conflicto, en sus equipamientos, sus métodos,
pero particularmente en la naturaleza de sus objetivos.
Contrariamente a lo que afirman los gobiernos occidentales para
justificar su guerra contra el terrorismo, la estrategia de los
grupos de lucha asimétrica no apunta, con sus actos, a la
destrucción del mundo occidental, o a la adquisición de
territorios ajenos. Es simplemente hacerle saber a Occidente que
la política de dominación y las penetraciones que éste perpetra
en el espacio cultural y social del que resulta invadido han
pasado el límite aceptable. La forma de guerra asimétrica
responde entonces a una estrategia defensiva y no ofensiva. En
el marco de esta estrategia defensiva, los movimientos
guerrilleros y terroristas adoptan un modo operacional violento
cuya táctica (atentados, bombas, homicidios…) se caracteriza por
la velocidad y la sorpresa. Esta campaña de hostigamiento lleva
a que la autoridad contra la cual combaten responda con sus
fuerzas convencionales de manera brutal y sobredimensionada.
Estamos en una era donde los medios de comunicación influyen
decisivamente en la forma de pensar de las poblaciones. Los
actores “más débiles” lo entendieron muy bien y buscan por ende
optimizar su estrategia operacional. Por lo tanto, integran en
ella el impacto que puede tener sobre la opinión pública la
información, de preferencia televisiva, de los actos de
represión desmedidos cometidos por un Goliat inicuo que se
beneficia de su institucionalidad para emplear su aparato
militar en operaciones mayormente ilegítimas. Los guerrilleros y
terroristas esperan que la opinión pública, alarmada por la
violencia de las represalias, sea llevada a tomar una posición
subjetiva a favor de las víctimas al advertir que éstas sufren
una profunda injusticia. El objetivo principal de las fuerzas de
resistencia no convencionales se alcanza en el momento que las
poblaciones toman conciencia, gracias a los medios de
comunicación, de la situación de violencia infame originada por
los gobernantes occidentales y reaccionan negativamente hacia
éstos. En este punto, la situación actual se diferencia de la
del siglo pasado, cuando los medios de comunicación no
reportaban con la misma persistencia y celeridad sobre este tipo
de conflicto y que la participación de la opinión pública en la
política no era tan apreciable. Las autoridades convencionales
podían entonces actuar con toda libertad contra los grupos y/o
poblaciones que no aceptaban el orden impuesto por “el más
fuerte”. Para restablecer la situación a su favor, las fuerzas
institucionales (Fuerzas armadas, Policía) no escatimaban en
cuanto al uso de la brutalidad sobre las poblaciones. El
panorama político cambió en cuanto la opinión pública empezó a
protestar contra los abusos perpetrados por las fuerzas
convencionales, lo que condicionó el actuar de éstas. Los
actores asimétricos pudieron trasponer el conflicto en la
dimensión mediática y explotarla para revertir las relaciones de
fuerzas a su favor. Desde entonces, adaptan su modo operacional
a la imagen de martirio que buscan adquirir gracias a los
medios de comunicación y que, sin quererlo, las fuerzas
convencionales les confieren cuando reprimen.
Al emerger de
las contradicciones culturales, sociales y políticas y al tener
por meta la creación de un efecto emocional y psicológico en las
poblaciones para que éstas se adhieran a la causa del “más
débil”, la estrategia de guerra asimétrica tiene en su esencia
la dimensión humana y se concentra en ésta. Es evidente que en
este tipo de conflictos, el más débil cuantitativamente no
tendría ninguna probabilidad de sobrevivir si pelearía con la
misma lógica tecnocrática que la fuerza convencional a la cual
se enfrenta. Resultaría irremediablemente aplastado por el
aparato bélico del adversario y por los recursos económicos de
los cuales este último dispone. Los grupos de resistencia /
terroristas han advertido que al poner el aspecto humano en
medio de su estrategia, retan a las grandes potencias que
pretenden tener por objetivo la aplicación de principios
“democráticos”. Como lo saben esos grupos de resistencia /
terroristas, es la razón instrumental la que dicta a los
dirigentes occidentales que tipo de respuestas dar a los
conflictos asimétricos. Por lo tanto, el análisis de las
potencialidades y debilidades del enemigo se hace por parte de
las fuerzas convencionales desde un punto de vista
fundamentalmente tecnocrático. Ello las conduce a creer de
manera intangible en la invulnerabilidad de su aparato militar,
a enfocar el problema cuantitativa y no cualitativamente, y
consecuentemente, a tener una visión errónea de cómo solucionar
el conflicto. Confinándose en la dimensión militar, las
autoridades gubernamentales favorecerán el uso de la represión
armada (fuerzas policiales, militares), cuando la respuesta
debería ser más global, extendiéndose a lo político, lo social,
entre otros. Como vemos, Occidente le da, en este tipo de
conflictos, la preferencia a la estrategia operacional, en
desmedro de un esfuerzo de comprensión de las causas y
estrategia global que sustentan la lucha asimétrica. Más aún, al
ver el conflicto de manera parcial, la burocracia occidental
opta erróneamente por una atomización de su estrategia, y
termina poniendo el énfasis únicamente en la táctica. Ello se ve
agravado por el hecho que, hoy en día, Occidente, como Israel,
creen que el centro de gravedad en los conflictos asimétricos se
sitúa a nivel de una persona. Ilustra esta mistificación la
percepción que se tiene de Ossama Bin Laden, que simboliza, para
Occidente, el blanco a derribar. Occidente imagina, como lo ha
imaginado en el caso de Saddam Hussein, que eliminando a una
persona, el movimiento resultará derrumbado, ignorando que el
ímpetu de estos movimientos construidos en malla y con
diferentes puntos de gravedad reside en su alta flexibilidad y
en la capacidad que tiene su estructura de remodelarse por sí
misma después de un golpe asestado a una de sus cabezas. La
atomización de la estrategia y su consecuente desplazamiento a
nivel de individuo lleva a que Occidente está perdiendo de vista
la estrategia global, campo en el cual gana el adversario
asimétrico.
En resumen,
el análisis de Jacques Baud tiene por objetivo brindar una mejor
visión de los conflictos asimétricos, de sus actores, de su
estrategia global y modo operacional difícilmente comprensibles
para los estrategas militares y políticos occidentales. Hecho
esto, expone el tipo de respuesta que se puede dar a esos
conflictos. Sin embargo, Baud no ve que esta forma de guerra
surge de la esencia misma del orden económico imperante en el
mundo. Este modelo, caracterizado hoy por el neoliberalismo,
conduce a los gobiernos de los países desarrollados a emprender
una política hegemonista y predadora que atenta contra los
principios de soberanía de los países “más débiles”
cuantitativamente que poseen materias indispensables a la
producción capitalista. Para realmente luchar contra las formas
de guerra asimétrica, que en general no son más que la expresión
de malestar y de autodefensa de las poblaciones invadidas en su
espacio vital, los gobiernos de las potencias occidentales
deberían en primer lugar atacar el problema en sus raíces
reales. Estarían entonces en la obligación de admitir que su
política hegemónica es ilegítima, como lo es su tentativa de
dominar con la violencia a todo grupo, movimiento o gobierno que
no quiere someterse a la lógica neoliberal.
De un examen
de la realidad actual, vemos que el proyecto kantiano de una paz
perpetua está siempre más lejos. En lugar de ello, escuchamos
por parte de Estados Unidos y de sus numerosos turiferarios un
discurso oportunista e irracional que solo tiene por objetivo la
perpetuación del modelo neoliberal que destruye a regiones y
poblaciones enteras. Se está gobernando el mundo en base a un
discurso cínico que preconiza el respecto obligatorio de
principios de una democracia ilusoria, y que pretende hacer
creer que el modelo depredador neoliberal es la única y óptima
opción para lograr construir un mundo “civilizado”.
Es evidente
que tal discurso apunta a alienar a las masas para que una elite
se eternice en el poder. La política emprendida por la mayoría
de los gobernantes occidentales sin duda alentará aún más la
proliferación de los conflictos asimétricos. Particularmente si
se considera que la lucha contra el terrorismo alimenta a uno de
los ejes del mal, que Dwight Eisenhower había encontrado en la
“ilegítima influencia del complejo militaro-industrial” y en sus
efectos nefastos para las bases de la democracia.
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