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LA EDUCACIÓN EMANCIPADORA
POR CRISTIAN GILLEN
PARTE II
En el marco de la situación imperante en
la educación, la estrategia antihegemónica a nivel
pedagógico descansa básicamente sobre dos pilares. Uno,
que consiste en la resistencia creativa al modelo
educativo preponderante, especialmente en la educación
pública, que posibilita en un primer momento mayor
capacidad de acción; y el otro, que se sustenta en la
construcción de una educación nueva en el sector popular
de la sociedad.
Para resistir y crear una educación
alternativa a la que se ha analizado críticamente, y por
ende, coadyuve en el difícil proceso de desalienación de
los estudiantes, trabajadores y marginados, se requiere
ir edificando socialmente una nueva teoría educativa, en
base a la lucha cotidiana. Ello es relevante, por cuanto
facilitaría una identificación de los hechos de la vida
que aparecen a nivel fenoménico como neutros, y, dentro
de este proceso de demistificación, instaurar un
conocimiento que responda a las necesidades de los
subordinados y así poder crear sujetos que dispongan de
la capacidad de crítica y acción para revertir el actual
orden regido por las corrientes más conservadoras del
capital. El proceso de elaboración de una teoría
emancipadora de la educación debe realizarse con la
participación activa de profesores, alumnos, y los
trabajadores de la producción económica, política y
cultural.
La teoría educativa de nuevo tipo que
debe desarrollarse tiene que contener como uno de sus
objetivos centrales el desarrollo de una capacidad de
crítica que posibilite determinar los distintos
mecanismos de poder que existen en el proceso de
producción capitalista de los conocimientos y en la
formación de los estudiantes. Para ello, hay que
desentrañar como los currículos transmiten los valores
dominantes, en que consiste el proceso de trabajo de los
profesores y la pedagogía predominante, y formular un
marco para las luchas políticas para cambiar las
instituciones educativas y la sociedad.
Dentro de la perspectiva teórica antes
trazada, debe desvelarse el currículo que se esconde
detrás del currículo formal, puesto que, como ya se
señaló, la producción de conocimientos en los diversos
centros educativos se edifica en base a estructuras
ocultas de significación que han sido moldeadas por la
ideología y poder dominante, el cual ha logrado
imponerse temporalmente con respecto a las posiciones
culturales y políticas que defienden los grupos
subordinados. Para ello se requiere de un análisis
riguroso de la relación entre el conocimiento imperante
en los entes educativos, y el poder de los grupos
privilegiados en la sociedad.
En lo que se refiere a la pedagogía, ésta
debe analizarse críticamente para determinar como los
conocimientos inculcados promueven ciertos valores,
criterios y prácticas compatibles con las clases y/o
grupos que sustentan el poder. Lo señalado posibilitará
que las instituciones enseñen a los estudiantes a
enfrentar a la ideología dominante y a asumir riesgos en
la lucha por establecer un sistema educativo que
posibilite emancipar a los hijos de los trabajadores de
la alienación a la cual están sujetos para que acepten
la situación imperante.
Para dar coherencia y capacidad de
materialización a la teoría educativa propuesta, se
requiere de una racionalidad de nuevo tipo que propugne
la emancipación, y no una que mantiene el status quo,
como ocurre con la racionalidad positivista y
tecnocrática que predomina. En el contexto emancipativo
en el cual se enmarca la construcción de la teoría
educativa, la racionalidad de nuevo tipo debe
sustentarse en los principios de la crítica y la acción
para el cambio. Es decir, tiene que posibilitar el
manejo creativo del conflicto y la contradicción en
beneficio de las causas populares, a diferencia de lo
que sucede con la racionalidad instrumental que pretende
homogeneizar los intereses entre clases, razas y sexos,
que sustentan posiciones antitéticas. La teoría
educativa liberadora debe facilitar a los oprimidos la
apropiación de sus propias historias culturales, y no
como ahora que son eliminadas, producto de la educación
tecnocrática positivista. Para ello se debe dotar a los
estudiantes de los elementos teóricos para combatir las
formas de alienación y reificación a que están expuestos
por los valores y prácticas de la cultura dominante.
Para alcanzar lo anterior, es fundamental que los
estudiantes, así como los profesores, participen
activamente en el proceso de la producción de
conocimiento que, como vimos, se está centralizando.
Dentro de esta perspectiva, se tiene que mantener un
diálogo estrecho y permanente con el sector popular de
la economía, para conocer su problemática, organización
y funcionamiento, a fin de poder coadyuvar decisivamente
en la solución de los problemas que confrontan los
pobres.
Como se podrá apreciar, los entes
educativos tienen que privilegiar los vínculos con el
sector popular de la sociedad, y, en el proceso,
coadyuvar en la constitución de grupos de reflexión y
acción en la producción económica y política de este
sector de la sociedad. Este proceso dialéctico de
análisis crítico y transformación de la realidad social,
política y cultural de los oprimidos debe tender
progresivamente a eliminar las fronteras entre la teoría
y la práctica, y entre los entes educativos y el resto
de la sociedad.
Dentro del proceso de ir borrando cada
vez más las líneas divisorias entre las entidades
educativas y la sociedad, es primordial que los centros
de enseñanza propicien la ampliación y/o creación de
espacios públicos para que los ciudadanos puedan
discutir la problemática social y política con el fin de
que las personas tengan una voz sobre sus vidas y en el
diseño de las formas sociales y políticas a través de la
cual la sociedad debe ser gobernada. A través de este
proceso de diálogo democrático de la población, la
pedagogía crítica tiene que nutrirse de los problemas
que enfrentan día a día los trabajadores, así como de la
cultura popular, con el fin de dar cabida en el proceso
de creación de conocimiento a las voces de los que
siempre han sido marginados.
En el marco de esta lógica participativa
y emancipadora, los profesores y estudiantes deben dejar
de limitar su papel al de simple emisores y receptores
de conocimientos, y convertirse en verdaderos
movilizadores culturales que hagan factible que se
materialice un proceso de desalienación de los sectores
populares, e ir formando progresivamente sujetos de
cambio. Como se podrá apreciar, la pedagogía crítica
necesita ir desarrollando una nueva forma de actuación
tanto de profesores y estudiantes, para que se
conviertan en sujetos de transformación política y
social.
La pedagogía a fomentar tiene que tender
a sustentarse en un currículo de nuevo tipo que debe ser
elaborado democráticamente. Para ello se deberá comenzar
a reconocer que existen "diferentes posiciones
sociales y repertorios culturales en las aulas y
relaciones de poder entre ellas".
Para desentrañar estas posiciones
distintas, es primordial dilucidar la función política
de los entes educativos en términos de dominación de
clase, raza y género, para lo cual el estudio del
currículo oculto que impera da un número importante de
luces de cómo se construye la hegemonía en la producción
cultural. El currículo de nuevo tipo que debe ir
construyéndose de manera participativa, tiene que tener
por finalidad desarrollar en los estudiantes su
capacidad de crítica, sensibilidad social y de ligar la
educación con los factores estructurales de la sociedad.
Esta visión del currículo permitirá que los alumnos sean
capaces de poner en juego las categorías que rigen el
sentido común, y en base a ello, propiciar nuevas formas
de ver la realidad social y de proyectar acciones para
transformar la situación existente.
La nueva pedagogía tendrá que transformar
la división del trabajo académico destinado a la
producción de conocimientos. Se debe revisar la división
del conocimiento por disciplinas, que conlleva la
concepción tayloriana, por cuanto fragmenta el
conocimiento para facilitar el proceso de control y, de
esa manera, asegurar la hegemonía de la clase dominante.
Asimismo, a medida que los procesos de producción de
conocimientos tiendan a devenir cada vez más críticos, y
por lo tanto interroguen sus propios presuposiciones, se
debe abandonar la búsqueda de métodos únicos y más bien
se tiene que incentivar la creatividad en la
determinación de teorías y métodos de enseñanza. Es
decir, hay que luchar contra la dictadura del método
único, que pretende tener la exclusividad en la
generación de los verdaderos conocimientos.
El currículo de nuevo tipo debe
incorporar la cultura popular para tomar en cuenta los
valores populares. La música popular, por ejemplo,
introduce ciertos códigos compartidos de significación
musical que tienden a establecer una cierta unidad entre
el público que la escucha. Le da una forma cultural al
"gusto público" y contribuye a la definición de lo que
esos gustos expresan en términos de identidad, valores,
entre otros.
En el sector popular de la sociedad, se
tendría que ir edificando colectivamente y
progresivamente un sistema educativo propio, haciendo
uso de los fondos de acumulación que se vayan creando en
base a las formas asociativas de producción en la esfera
económica. Se debe comenzar con escuelas que funcionen
el domingo para criticar y complementar la educación de
los colegios públicos, con el objetivo de enseñarles a
los alumnos una nueva visión social donde se privilegie
el trabajo colectivo, la igualdad y solidaridad, en
contraposición con los valores de la sociedad
capitalista que son motivados por el individualismo, la
ganancia y el fetichismo de la mercancía. En estos
colegios del domingo,
habría que educar a los hijos de los trabajadores a
desarrollar un sentido de comunidad, de crítica de los
valores, tradiciones y prácticas que están inmersas en
la educación pública positivista y en la "reforma"
neoliberal – neoconservadora. Se debe también formarlos
para que puedan tener una participación activa en la
solución colectiva de los problemas de la comunidad en
que viven.
Los profesores, que deben trabajar en los
colegios del domingo, tienen que ser aquellos que posean
una gran predisposición en apoyar a los trabajadores y
marginados, y sean capaces de hacer participar a los
alumnos en el proceso de producción de los
conocimientos, tomando en cuenta sus puntos de vista. Lo
citado es más importante que sus capacidades
tecnocráticas y diplomas profesionales, que son los
criterios que priman en la educación formal.
El currículo debe contener un conjunto articulado de
conocimientos que sean alternativos a los utilizados en
la educación pública. Énfasis se debería proporcionar en
el proceso participativo de la construcción del
currículo, el desarrollo de una actitud crítica hacia la
educación pública, desde la perspectiva de visualizar el
proceso de producción de conocimiento como un programa
destinado a transformar la vida social imperante.
Además, en su proceso de formulación se tendrá que tomar
en cuenta los serios problemas que enfrenta la comunidad
y la sociedad en su conjunto en lo relativo al
desempleo, condiciones de trabajo, trabajo de menores,
destrucción de la naturaleza, enfermedades propias de la
pobreza, facilidades sanitarias, entre otros. Debería
propiciarse la difusión de conocimientos sobre formas
colectivas de organizar la producción económica, la
salud, la justicia entre otros para responder de manera
creativa y cooperante a las necesidades tanto económicas
como culturales y políticas de la comunidad. Igualmente,
los estudiantes deberán ser educados de tal manera que
tengan un enfoque crítico sobre la organización social
de la sociedad y del sector formal y de las relaciones
internacionales de dominación que se ejercen sobre el
país. Especial énfasis tendrá que asignársele a la
historia de la clase trabajadora y la lógica de su vida
cotidiana.
Estos colegios de los domingos deberán
progresivamente constituirse en entes educativos que
dicten clases diarias y se conviertan en una alternativa
real a la educación pública para los pobres. Asimismo,
bajo la misma perspectiva deberán crearse centros de
enseñanza superior que respondan mejor a la problemática
de los sectores populares que las universidades
actuales, que se orientan principalmente a responder a
las necesidades de las grandes corporaciones y al sector
formal en general. Muchas veces sus currículos son una
imitación de Universidades foráneas de países centrales.
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